Daniela Mosquera
Unas notas sobre la omnipresencia de la minería de carbón en el Cesar, Colombia.
“El carbón llegó para quedarse”, rezaba un titular del periódico El Diario Vallenato a comienzos de los años ochenta anunciando que una etapa de transformaciones económicas llegaba al noreste del Caribe colombiano. Ahora, cuarenta años después, el Cesar es el segundo departamento con mayor extracción de carbón en Colombia. Carbón que, a través del ferrocarril controlado por Drummond, sale por el puerto de Santa Marta —a 192 km de las minas— para ser procesado en países como Estados Unidos, Israel (antes de que el gobierno colombiano decidiera suspender la venta a este país por su participación en el genocidio palestino) o Turquía.
En Colombia y América Latina ya se han explorado las resistencias de comunidades afectadas por la minería de carbón a cielo abierto (CNMH, 2016; González y Melo, 2015; Montoya Domínguez, 2018; Corral et al, 2021; Mosquera-Camacho y Marston, 2021; de la Hoz Quintero, 2023). Sin duda, este trabajo sigue siendo esencial para la búsqueda de futuros justos más allá de los combustibles fósiles, así como para exigir reparaciones y garantías de no repetición frente a los pasivos ambientales y sociales generados por estas actividades y por las empresas que las conducen.
Sin embargo, algo que me ha llamado la atención en mis múltiples salidas de campo durante el doctorado ha sido escuchar a grupos de ciudadanos que habitan zonas aledañas a las minas de carbón clamar porque la minería no se vaya del territorio. Hace apenas un mes circulaba por un grupo de WhatsApp local un video de una reunión de ciudadanos pro minería con políticos locales para discutir este tema, mientras que, al otro extremo, una universidad regional realizaba una actividad sobre transición energética justa (ver Beleño Crespo, 2025). En ese sentido, me pregunto: ¿por qué, si son tan evidentes las afectaciones del carbón en la vida de las comunidades —las altas temperaturas, el polvillo del carbón, el desplazamiento forzado bajo las alianzas entre empresas y paramilitares en los 2000—, hay personas que quieren que la minería siga siendo el pilar principal del territorio y que las multinacionales extranjeras no se vayan de allí?
Durante mi trabajo de campo, donde me muevo en círculos de activistas contra el fracking y el carbón, pensaba en lo contraintuitivo que resulta esto. Entonces empecé a considerar que quizá necesitaba mirar más allá de los lentes y de la posición política desde los cuales observo, para intentar entender qué hay detrás de estos grupos. Por un lado, hay un factor claro: la minería ha generado miles de empleos en la región, incluso si durante la pandemia muchos de estos trabajos directos e indirectos desaparecieron. Por otro lado —y quizá aún más interesante—, están los patrones culturales que han hecho que la minería se instale en el habitus de la gente.
Quiero mencionar dos cosas aquí. Primero, desde la mirada etnográfica, me llamó la atención la cantidad de elementos asociados con la minería que están presentes en la vida cotidiana. Ya fuera sentada en un café observando a la gente pasar, trabajando en la biblioteca o caminando por un pueblo, siempre aparecía algún símbolo de Drummond. Esto lo discutía con Emma Gómez, antropóloga y abogada de la Universidad Javeriana mientras tomábamos agua helada en una cafetería de La Paz, Cesar. Se siente como algo omnipresente: aunque no lo nombres, aunque no lo busques, la minería siempre está ahí. Ese rechazo que creía tan evidente cada vez lo cuestiono más, pues su presencia es tan obvia que a veces cuesta verla de frente.
Segundo, y en ese sentido, decidí explorar uno de los periódicos locales —el mismo que mencioné al inicio, El Diario Vallenato— para entender cómo se fue introduciendo la minería y las narrativas sobre el carbón como la actividad ideal para la “vocación” del suelo del Cesar. Decidí explorar esto porque creo firmemente que una explicación puramente estructural no es suficiente, siguiendo a Fernando Coronil en El Estado Mágico. La minería —y sobre todo la promesa minera, que a veces se cumple, otras no y otras a medias— se mantiene a pesar de los problemas ocasionados y de los incumplimientos durante la pandemia, no solo por el dinero que circula y por los cambios económicos que ha traído a muchas familias, sino por su omnipresencia en todas las esferas de la vida del Cesar desde los años ochenta, incluso antes de materializarse plenamente. Esa omnipresencia fue posible, en gran medida, gracias a los discursos que se instalaron en los medios, en los festivales y en la vida cultural del departamento. Y eso es precisamente lo que estoy tratando de comprender en una parte de mi disertación.
Agradezco al Rutgers Climate and Energy Institute por este primer impulso para hacer revisión de prensa en el departamento del Cesar durante el verano de 2025, con el fin de entender los desafíos que enfrenta la transición energética, el cambio climático y la construcción de un Cesar más justo, a partir de los cambios históricos en la región y en su relación con el mundo globalizado en el que vivimos.
Some Notes on the Omnipresence of Coal Mining in Cesar, Colombia.
“Coal is here to stay,” read a headline in El Diario Vallenato in the early 1980s, announcing that a new phase of economic transformation had reached the northeastern Caribbean region of Colombia. Now, forty years later, Cesar is the second department1 with the highest coal extraction in the country. Coal that, through the railway controlled by Drummond, travels to the port of Santa Marta —192 km away from the mines— to be processed in countries such as the United States, Israel (before the Colombian government decided to suspend sales to that country due to its participation in the Palestinian genocide), or Turkey.
In Colombia and Latin America, scholars and activists have already explored the forms of resistance developed by communities affected by open-pit coal mining (CNMH, 2016; González y Melo, 2015; Montoya Domínguez, 2018; Corral et al, 2021; Mosquera-Camacho y Marston, 2021; de la Hoz Quintero, 2023). Without a doubt, this work remains essential for envisioning just futures beyond fossil fuels, as well as for demanding reparations and guarantees of non-repetition for the environmental and social damages caused by these activities and the companies that carry them out.
However, something that has caught my attention during my multiple field visits throughout the PhD has been hearing groups of local residents living near coal mines call for mining to remain in the territory. Just a month ago, a video circulated in a local WhatsApp group showing a meeting between pro-mining citizens and local politicians discussing this issue, while at the same time, a nearby regional university was holding an event on just energy transition (see Beleño Crespo, 2025). This made me wonder: if the impacts of coal on community life are so evident —the rising temperatures, the coal dust, the forced displacement under alliances between companies and paramilitary groups in the 2000s—, why are there people who want mining to remain the main pillar of the region, and who do not want foreign multinationals to leave?
During my fieldwork, where I usually move within circles of activists opposing fracking and coal extraction, I found this counterintuitive. So, I began to consider that perhaps I needed to look beyond my own lenses and political position, to try to understand what lies behind these groups. On the one hand, there is a clear factor: mining has generated thousands of jobs in the region, even if many of these direct and indirect jobs disappeared during the pandemic. On the other hand —and perhaps even more interestingly— are the cultural patterns that have made mining part of people’s habitus.
I want to mention two things here. First, from an ethnographic perspective, I was struck by the number of elements associated with mining that permeate everyday life. Whether sitting in a café watching people pass by, working in the library, or walking through a town, a Drummond symbol would always appear. I found myself discussing this with Emma Gómez, an anthropologist and lawyer from Javeriana University, who had made similar observations during her fieldwork, while we drank a sip of cold water in the heat of a cafeteria in La Paz, Cesar. It feels omnipresent: even if you don’t name it, even if you’re not looking for it, mining is always there. That rejection I once assumed to be so evident, I now question more and more —its presence is so obvious that sometimes it becomes hard to see directly.
Second, in that sense, I decided to explore one of the local newspapers —the same one I mentioned earlier, El Diario Vallenato— to understand how mining and the narratives around coal were introduced as the ideal activity for Cesar’s “productive vocation.” I chose to investigate this because I firmly believe that a purely structural explanation is not enough, following Fernando Coronil’s The Magical State. Mining —and especially the mining promise, which sometimes is fulfilled, sometimes not, and sometimes only halfway— endures despite the problems it has caused and the unfulfilled commitments during the pandemic, not only because of the money it circulates or the economic changes it has brought to many families, but because of its omnipresence in all spheres of life in Cesar since the 1980s, even before it fully materialized. That omnipresence was made possible, to a large extent, through the discourses that took hold in the media, in festivals, and in the cultural life of the department. And that is precisely what I am trying to understand in the third chapter of my dissertation.
I thank the Rutgers Climate and Energy Institute for this first opportunity to carry out a press review in the department of Cesar during the summer of 2025, in order to better understand the challenges of energy transition, climate change, and the construction of a more just Cesar, through the lens of the region’s historical transformations and its relationship with the globalized world we live in.

lustración 1.Diario El Vallenato, tomo 1, agosto de 1981. Noticia sobre una conferencia en la que se anunciaba la apertura de una mina de Carbón en la región. News about the potential of coal mining, and the opening of a coal mine in the region.

Ilustración 1. La UPC entra lenta a era de carbón. Ilustration 2. The Public University of Cesar (Universidad Popular del Cesar) enters the coal era slowly. Tomo 6.Año III, Edición 601. Miércoles, 4 de mayo de 1983,p.3

Ilustración 3 En camino a una vereda en 2022 con una amiga campesina, quien no tiene relación con las mineras, pero carga una maleta con el símbolo de Drummond, lo cual es muy común en la región. Illustration 1. On the way to a rural village in 2022 with a peasant friend who has no connection to the mining companies but carries a backpack with the Drummond logo — something very common in the region. Photo by the author.

Ilustración 2. Verano de 2021, en medio de la pandemia y del cierre de las minas de Prodeco, la filial de Glencore. Foto enviada a través de un grupo de Whatsapp por un ciudadano cesarense en la Jagua de Ibirico, Cesar. Illustration 2. Summer 2021, In the midst of the pandemic and the closure of Prodeco’s mines, the Glencore subsidiary. Photo sent via a WhatsApp group by a resident of La Jagua de Ibirico, Cesar.